ANÁLISIS MARXISTA DEL ESTADO

Francisco Guacarán

Tribuna Popular

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I. Esta serie de artículos que iniciamos hoy pretende servir de insumo para la necesaria discusión nacional acerca del Estado, su valoración desde la ciencia marxista, así como las tareas del movimiento popular revolucionario. Para una necesaria profundización sobre este interesante tema, aprovechamos para mencionar la bibliografía básica: “La Ideología Alemana”, F. Engels y C. Marx: “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, F. Engels “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, “La guerra civil en Francia”, C. Marx; “El Estado y la Revolución” y “Sobre el Estado”, V.I. Lenin.

Una tarea de primer orden es asumir que la ofensiva ideológica y de masas contra el capitalismo implica proveernos de las herramientas necesarias para identificar de forma certera y científica las condiciones actuales de la lucha popular revolucionaria, alejándonos de concepciones reformistas, socialdemócratas y también de aquellas provenientes de un supuesto campo progresista, pero que niega la ciencia y la lucha de clases.

Comencemos por la noción central de la teoría revolucionaria sobre el Estado, el cual es asumido como aparato de dominación y represión de clases, que busca garantizar, a través de diversos medios, la reproducción y fortalecimiento de la clase y sectores hegemónicos. Por tanto, ningún Estado puede ser considerado como garante y defensor absoluto de los derechos de todos los ciudadanos, por cuanto su función primordial es proteger los intereses de la clase dominante.

En el caso específico del Estado liberal burgués –organización político-ideológica que corresponde al modo de producción capitalista–, su función es proteger los intereses económicos de la burguesía y sus capas (financiera, industrial, agraria, monopólica, transnacional, pequeña y mediana burguesía, entre otros). Esto implica, consecuentemente, garantizar el funcionamiento del complejo engranaje del capitalismo en la forma que se desarrolle en un país determinado.

Esto constituye el primer debate profundo contra las concepciones burguesas y socialdemócratas, las cuales promueven entre las masas trabajadoras la falsa idea del Estado liberal burgués como la mejor forma de organización social que garantiza las libertades públicas y el ejercicio de la democracia absoluta: derecho al voto, distribución equitativa de la riqueza, igualdad de oportunidades, ascenso social, entre otros principios de la restringida y variante democracia burguesa.

En efecto, el Estado liberal burgués es un avance con respecto a los Estados esclavistas o feudales, puesto que promueve y, hasta cierto punto, garantiza el ejercicio de importantes derechos públicos promovidos por la burguesía y demás capas dominantes de la sociedad capitalista. Sin embargo, todo Estado burgués, independientemente de las formas más o menos democráticas que pueda adoptar y de la cualidad de los derechos que garantice, posee unos límites estrictos basados en la garantía de la reproducción de la explotación, es decir, en la defensa de la propiedad privada y de la plusvalía, como motor de la sociedad capitalista.

He ahí la contradicción clave que vemos las y los comunistas en la generalidad del Estado, su imposibilidad de erigirse como defensor y garante de los derechos de todos los sectores sociales mientras protege los miserables intereses económicos de los explotadores. Sea un Estado republicano, monárquico, centralista o federalista, social de derecho o de justicia, su función como reproductor de la sociedad dividida en clases será la misma.

III. Para alcanzar una acertada valoración marxista sobre el Estado y definir las tácticas correctas para la lucha revolucionaria, no debemos conformarnos con saber y repetir que éste es “un aparato de dominación de clases” y que “reproduce y surge de una sociedad dividida en clases”, y creer que con eso hemos resuelto el problema.

Recordemos que la fortaleza del marxismo se sustenta en el materialismo dialéctico, el análisis de las contradicciones de clases en un modo de producción determinado, sus relaciones sociales de producción de acuerdo a la propiedad de los medios y factores de producción. Este apretado esquema nos indica que en todas las sociedades no se expresan los mismos niveles y formas de antagonismos de clases, lo cual tiene su correlato en las diversas características que pueda asumir un Estado.

Las categorías dialécticas de lo general y lo particular se ponen de manifiesto en este análisis, y más aún cuando comprendemos las contradicciones que se generan en el seno de las propias clases, principalmente dentro de las capas de la clase dominante que ejerce el control del Estado.

En el caso del modo de producción capitalista, la burguesía se constituye como clase social en tanto dueña de los medios fundamentales de producción, sin embargo, la diferenciación que hace la teoría política marxista de los sectores y capas de la burguesía nos obliga a un estudio mucho más detallado y preciso de sus alianzas y antagonismos, los cuales tienen como escenario al Estado liberal-burgués.

Burguesía financiera, industrial, agraria, asociados o no al imperialismo o con carácter más “nacionalista”, entre otros, configuran dinámicas políticas y económicas diferenciadas. Incluso, el antagonismo a lo interno de la burguesía pudiera generar casos en que un sector o grupo de sectores controlen el aparato económico y otro bando mantenga el control político del Estado.

Las alianzas y contradicciones que se configuren en el seno de la burguesía generan a su vez proyectos políticos, institucionales y sociales que buscan sumar alianzas de los sectores dominados, principalmente las capas medias y la pequeña burguesía, sin dejar de lado a la clase obrera y demás asalariados, con el objetivo de garantizar sus intereses económicos y buscar legitimidad a sus acciones políticas.

Esto puede incluir un gran abanico de proyectos –desde nacionalistas y populares, con gran apertura de los derechos democráticos burgueses, hasta el más sangriento fascismo– y agendas económicas diversas que garanticen la explotación eficiente del trabajo asalariado. Con ello, cada Estado burgués adoptará la forma que le sea más útil a los sectores dominantes, sin perder su carácter general.

Por tanto, la lucha revolucionaria debe expresar también las tácticas de combate obrero y popular asociadas a las características generales del modo de producción capitalista y el Estado liberal-burgués, pero también considerando las expresiones particulares y específicas de la lucha de clases que generan las relaciones sociales de producción de un espacio determinado.

Sólo desde el marxismo, como ciencia de la clase obrera y la revolución socialista, podremos desnudar las contradicciones de clase y combatir con unidad, disciplina y férrea claridad ideológica y programática a los enemigos del pueblo trabajador.

IV. Los ideólogos de la burguesía presentan al Estado liberal como el representante de la voluntad general del pueblo y que, por tanto, actúa de acuerdo al interés de todos los sectores sociales. Aunque esto ha sido ampliamente combatido por el marxismo-leninismo desde hace décadas, la fuerza de esta idea ha llegado a influir de forma peligrosa en movimientos izquierdistas.

Un aspecto importante, reseñado por los clásicos del marxismo, para comprender la complejidad del Estado capitalista, está referido a la relativa autonomía de éste con respecto a la burguesía. Puede parecer contradictorio si hemos reiterado que el Estado es el aparato de dominación de la burguesía sobre la clase obrera y demás capas explotadas. Sin embargo, en el artículo anterior ya mencionábamos algunos antagonismos que se desarrollan entre las capas que conforman a la burguesía.

Agreguemos otro aspecto: los partidos políticos. Desde el planteamiento marxista-leninista, éstos constituyen los destacamentos organizados de cada clase y capa social, representando sus intereses específicos y actuando en consecuencia. La burguesía no ejerce el control directo del aparato político, sino que lo hace a través de sus organizaciones, pero con un programa que busca alianzas con sectores y capas de la clase trabajadora, para garantizar la legitimidad de su proyecto político y económico.

Así, en medio de la democracia burguesa, hacen uso de una herramienta poderosa para obtener el apoyo popular y aparentemente hacer efectivo ese principio de “obedecer la voluntad soberana”: las elecciones burguesas; así también las contradicciones políticas son aparentemente resueltas en las urnas electorales.

Pero este es apenas el primer paso. Lo medular para estos partidos políticos es la administración del aparato estatal burgués y no su destrucción, realizar las reformas que garanticen la continuidad de los intereses de la capa social dominante. En esta compleja dinámica, el Estado –constituido ahora en instituciones, políticas, leyes– puede asumir acciones que no favorezcan directamente a la clase a la cual sirve, bien por concesiones y alianzas con otras capas de la clase dominante o por la presión de la lucha obrera y popular.

Esto es importante para comprender, por ejemplo, lo que sucede con los partidos que son dirigidos por la pequeña-burguesía en alianza con sectores obreros y demás capas explotadas por el capitalismo, y pretenden impulsar un programa político progresista y antiimperialista. Como su objetivo central no es la destrucción del Estado, sino su administración con una distribución más equitativa de la riqueza –a costa de arrancarle importantes beneficios económicos a los sectores de la alta burguesía–, lleva la lucha de clases a terrenos mucho más agudos y difíciles que lo esperado. Comúnmente se encuentran ante una encrucijada de avanzar hacia un programa de revolución obrera o hacer concesiones a la alta burguesía; históricamente el carácter vacilante de la pequeña-burguesía hace que deseche la primera opción.

Un Estado burgués no se destruye con las herramientas de la democracia burguesa y, por más autónomo que luzca ante los intereses económicos de la burguesía más poderosa, siempre actuará dentro de los límites permitidos del sistema capitalista. Sólo la clase obrera, organizada en su Partido Comunista, sin vacilaciones ni concesiones, es capaz de rebasar esos límites.

V.Con la desaparición de las clases, desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre e igual de productores, enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce”. Este extracto de F. Engels, recogido por Lenin en su libro “El Estado y la Revolución”, concentra el objetivo central del proyecto revolucionario: la sociedad comunista.

Este planteamiento está muy lejos de la retórica banal politiquera, por el contrario, al estar sustentado en la fuerza científica del marxismo-leninismo, contiene las bases teóricas y prácticas suficientes para ser asumido por la clase obrera, la única clase social objetivamente interesada en la revolución socialista y la destrucción del Estado burgués.

Hemos visto entonces, en los anteriores artículos, cómo las otras clases sociales utilizan al Estado liberal-burgués para sus intereses políticos, sociales y económicos, con el firme propósito de garantizar la reproducción de la explotación capitalista y obstaculizar la organización y avance de las fuerzas populares-revolucionarias.

El marxismo-leninismo en debate contra la socialdemocracia ha desnudado su planteamiento reformista: utilizar al Estado burgués como una instancia que mejore las condiciones de vida del pueblo trabajador, redistribuyendo la riqueza y evitando el conflicto social, a través de progresivas reformas legales y administrativas, modificando o creando leyes e instituciones estatales de diverso nivel. Según los socialdemócratas, esta vía no violenta es el mejor camino para alcanzar el supuesto socialismo.

Enfatizamos este debate, sin menospreciar el que se plantea contra el anarquismo y otras ideas poco revolucionarias, por la penetración del planteamiento reformista en el seno del movimiento obrero y popular y sus nefastas consecuencias.

¿Cuál es la actitud entonces de la clase obrera hacia el Estado en general y el Estado liberal-burgués en particular? La cita de Engels recoge el primer aspecto: la estrategia del movimiento proletario es la construcción de la sociedad sin clases, la sociedad comunista, donde el Estado, como aparato de dominación de clases no tendría sentido alguno y se extinguiría.

Sin embargo, y en contraposición con el reformismo socialdemócrata, llegar hasta ese objetivo sólo será posible si la clase obrera y el pueblo trabajador asumen la ardua tarea de la construcción del socialismo, como fase de transición hacia el comunismo.

Y precisamente para esa tarea, la clase obrera no usa al Estado burgués, pero tampoco cae en las ingenuidades anarquistas de desprenderse de un poderoso instrumento que garantice el ejercicio del férreo control popular contra la reacción burguesa y demás lacras de la podrida sociedad capitalista. Para ello crea su propio Estado, ahora en manos de las grandes masas trabajadoras y su esfuerzo creador colectivo, para forjar la nueva democracia popular y revolucionaria, con novedosas estructuras y dinámicas acordes con los nuevos tiempos de liberación.

Tan sólo nos toca crear las condiciones necesarias para que la clase obrera, como vanguardia de la revolución socialista, dé el primer y fundamental paso para iniciar esa tarea: la toma del Poder político, indispensable condición para la destrucción del Estado burgués.

VI. Culminábamos el anterior artículo señalando la necesidad histórica de la toma del Poder político por parte del proletariado como condición ineludible para la destrucción del Estado burgués. He acá un problema medular que ha sido ampliamente manipulado por sectores reformistas y anticomunistas. La toma del Poder Político no implica un acto electoral, basado en las reglas de la democracia burguesa, donde se elige algún dirigente proveniente de las filas del movimiento popular para gobernar, administrar o reformar al Estado burgués.

Ya en la cuarta entrega de esta serie (TP Nº 245) analizábamos las perspectivas de los gobiernos de amplia base dirigidos por la pequeña burguesía, lo cual puede ser aplicado también a este escenario, precisamente por las alianzas político-electorales, con las más disímiles capas y clases sociales, que debe generar un dirigente progresista para poder alcanzar el gobierno por vía electoral.

En el mejor de los casos, ocurren avances propios de la liberación nacional: una agenda antiimperialista, la democratización de importantes dinámicas políticas y distribución más equitativa de la riqueza. Pero todo ello sin cambios fundamentales en la estructura y funcionamiento del Estado burgués, más bien limitado por éste, en búsqueda de garantizar el mantenimiento y reproducción del modo de producción capitalista.

Por tanto, la profundización de las medidas que impulsa la liberación nacional, son tareas que sólo puede cumplir la clase obrera, pero su exigencia sirve para agudizar las contradicciones de clases, generando desde la burguesía reacciones descarnadas y abiertamente represivas para evitar cualquier perspectiva de avance popular. He ahí la importancia de contar con una clase obrera y demás capas explotadas por el capitalismo, bien organizadas y conscientes de su rol histórico, preparadas para trascender estos límites del Estado burgués, obligando a su destrucción completa.

Asimismo, la toma del Poder Político no está referida solamente a poder gobernar y administrar los asuntos públicos ni la gestión de los servicios. Comprendimos en esta serie de artículos que el Estado burgués se sustenta en la propiedad privada de los medios fundamentales de producción. Por tanto, el Poder Político en manos de la clase obrera sintetiza de forma dialéctica el hecho de que la economía y la producción estén siendo también controladas por esta clase social. Este es el objetivo fundamental: el control social sobre la producción y su planificación central y democrática, lo cual constituye un hecho político y económico al mismo tiempo.

Entonces, tal como lo ha venido alertando el marxismo-leninismo, el Estado burgués no se autodestruirá por vía legal, y tal parece que la vía electoral no es la más idónea para cumplir las tareas históricas de acabar con el capitalismo, argumento preferido por quienes sustentan vías “pacíficas” para construir el socialismo. La destrucción del Estado burgués ocurre conforme a la abolición del modo de producción capitalista, es decir, la expropiación a la burguesía de los medios y herramientas de trabajo, e indiscutiblemente, ese es un hecho violento por definición. Y justamente, ahí, en ese momento de aparente confusión y necesaria planificación, de ofensiva y defensiva popular, de destrucción y creación, es cuando podemos gritar con gallardía que estamos en una Revolución y que el Pueblo tiene el PODER.

Estado-Capitalista

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